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El sábado en la noche se apagó la llama en el Félix Sánchez y con eso terminaron, oficialmente, los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe. Dieciséis días, 37 países, más de 6,200 atletas y un programa de 40 deportes, el más grande que ha tenido este evento en su historia de cien años. Pero ya con las gradas vacías, la pregunta que de verdad importa no es cuántas medallas se llevó cada quien. Es qué va a pasar ahora con todo lo que se construyó y se prometió durante meses.
Porque aquí hubo mucho más que competencia. Hubo una apuesta de plata.
¿Y los 160 millones de dólares?
El país metió cerca de 160 millones de dólares en levantar y remodelar 16 instalaciones deportivas para poder recibir los Juegos. Es una cifra que, honestamente, obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué de todo eso sigue sirviendo cuando las delegaciones ya se fueron para sus países?
Antes de que arrancara el evento, el ministro de Turismo, David Collado, había hablado de más de 100,000 visitantes llegando al país en esas semanas. Asonahores fue todavía más lejos con sus números: hasta 300,000 personas vinculadas de alguna forma a los Juegos, y una audiencia televisiva que, sumando los 37 países participantes, podría haber tocado los 280 millones de espectadores.
Para el sector hotelero, sin embargo, lo importante no era solo llenar habitaciones estas dos semanas. Era la vitrina. El turismo deportivo es uno de los segmentos que más está creciendo en el mundo —representa cerca de un 10% de todo lo que se gasta en turismo a nivel global, un mercado que pasa de 1.3 billones de dólares— y República Dominicana quiere un pedazo más grande de ese pastel.
No fue solo cosa de hoteles grandes
El movimiento de dinero se sintió más allá de las cadenas hoteleras de siempre. Airbnb y otras plataformas de alquiler también notaron el repunte, sobre todo por familias y grupos de aficionados buscando quedarse cerca de las sedes: el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, el Félix Sánchez, el Quisqueya Juan Marichal.
Restaurantes, choferes, colmados, comercios pequeños de los alrededores de esas instalaciones, todos tuvieron su parte. Y si a los más de 6,200 atletas se le suman cerca de 3,000 técnicos y personal de apoyo, más los miles de voluntarios que hicieron posible que se corrieran las 483 pruebas del programa, se entiende por qué los economistas hablan de un evento que movió mucho más que deporte.
Lo que sí se definió en la pista
En las canchas y las pistas, México terminó de dueño y señor del medallero: 407 medallas en total, 167 de ellas de oro, revalidando el título que ya tenía desde San Salvador 2023. Colombia y Cuba lo acompañaron en el podio, y Venezuela dio pelea de principio a fin, metida siempre entre los primeros lugares.
República Dominicana, jugando de local, tuvo su mejor actuación en toda la historia del evento: 28 medallas de oro, superando el récord anterior de 25 que había logrado en San Salvador 2023. Ahí estuvo, entre las figuras del equipo, Liranyi Alonso, que se llevó el doblete de velocidad ganando el oro en los 100 y los 200 metros planos.
La verdadera prueba viene después
Entre quienes siguen de cerca el tema turístico y económico hay algo en lo que coinciden: la infraestructura ya está ahí, pero eso es apenas la mitad del trabajo. La otra mitad depende de si el país consigue traer nuevas competencias internacionales que mantengan esos escenarios activos, y de si toda esta exposición se convierte, más adelante, en reservas reales y no solo en buenas fotos.
Sobre el cierre y el ambiente de esos días, el presidente Luis Abinader dejó declaraciones que recogió Listín Diario, destacando en especial la hospitalidad con la que se recibió a las delegaciones. Quien quiera el relato completo de esa jornada de clausura puede encontrarlo en la cobertura de ese medio.
De momento, lo que queda claro es esto: Santo Domingo 2026 cierra con dos medalleros. Uno, el deportivo, ya tiene ganador. El otro, el económico, se sabrá con el tiempo.