Fue una casualidad del calendario, no de la geología: en menos de 24 horas, la tierra tembló fuerte en dos puntos opuestos del planeta. Uno en Indonesia, el otro en el sur de España. Y aunque a primera vista suenan parecidos, lo que dejó cada uno no podría ser más diferente.
Indonesia: 7.7 grados y una tragedia que sigue creciendo
El viernes en la madrugada, hora local, un sismo de magnitud 7.7 sacudió el mar frente a la isla de Flores, en el este de Indonesia. El epicentro quedó a apenas 68 kilómetros de la ciudad de Ende, y a una profundidad muy superficial, de unos 10 kilómetros, lo que suele traducirse en sacudidas más violentas en la superficie.
El resultado fue devastador. Los primeros reportes de las autoridades indonesias hablaban de cerca de 40 muertos, cifra que fue subiendo con el paso de las horas conforme avanzaban los equipos de rescate por las regencias de Sikka, Manggarai y Manggarai Oriental, las zonas más golpeadas. En una de ellas, un deslizamiento de tierra provocado por el temblor sepultó a varias personas en la aldea de Reok.
El terremoto también activó una alerta de tsunami que llevó a cientos de personas a huir hacia zonas más altas, en un país acostumbrado, por desgracia, a este tipo de emergencias: Indonesia está asentada sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las regiones con mayor actividad sísmica y volcánica del mundo. Los deslizamientos también cortaron la Trans-Flores, la carretera que atraviesa la isla y que resulta clave para que lleguen los equipos de auxilio a las zonas más aisladas.
España: 5.2 grados, mucho susto y pocos daños
Horas más tarde, ya entrada la madrugada del sábado en horario español, le tocó el turno a Granada. Un sismo de magnitud 5.2, con epicentro cerca del municipio de Otura, despertó a media Andalucía. Hubo desprendimientos de fachadas, tejados dañados, algún edificio evacuado por precaución en Las Gabias y un corte de luz en Huétor Vega. En Armilla también se reportaron afectaciones materiales.
Pero, hasta donde se sabe, no hubo víctimas mortales ni heridos de gravedad. Miles de personas sí prefirieron pasar el resto de la noche en la calle, por miedo a las réplicas, algo comprensible en una región que ya venía sintiendo temblores más pequeños en los días previos.
Vale aclarar algo que varios medios repitieron ese fin de semana: que ambos sismos ocurrieran con pocas horas de diferencia es coincidencia, no causa y efecto. Las placas tectónicas no funcionan así. Lo que sí comparten Indonesia y España es que ambas están en zonas de actividad sísmica conocida, aunque de una intensidad y frecuencia muy distintas.
La magnitud no cuenta toda la historia
La pregunta es obligada: si el de Indonesia fue mucho más fuerte, ¿por qué el de España, siendo más débil, también causó destrozos visibles? Y al revés, ¿cómo es que un 7.7 y un 5.2 terminan con resultados tan desproporcionados en cuanto a vidas humanas?
La respuesta tiene poco que ver con la magnitud en sí y mucho con el contexto. La escala de magnitud mide la energía liberada, pero no dice nada sobre dónde ocurre esa energía ni sobre qué tan preparado está el terreno que la recibe. Un sismo de 7.7 en una zona con edificaciones vulnerables, población dispersa en islas de difícil acceso, y con el añadido de una posible alerta de tsunami, tiene todos los ingredientes para dejar un saldo trágico. Uno de 5.2 en una ciudad con normativa de construcción antisísmica, como suele exigirse en gran parte de España, tiende a quedarse en el susto y los daños materiales.
Ahí está, en el fondo, la lección que dejan estos dos sismos ocurridos casi al mismo tiempo: la magnitud es solo un número. Lo que realmente decide si un terremoto se convierte en tragedia es todo lo demás.
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